La primera vez, y hasta anteayer última, que entré en el convento de San Agustín fue en 1982. Luis Marín, dominico y prior del convento, nos enseñó la iglesia a un grupo de alumnos suyos de la Escuela de Magisterio. Apenas iluminada, impidiendo ver su pretérita belleza, ya tenía un aspecto de ruina que se confirmó con su cierre muy poco después. Este lunes volvía a encontrarme a mi antiguo profesor en la reapertura de San Agustín, tras cerca de treinta años de sucesivas obras y restauraciones. Se le notaba feliz.
No era el único feliz aquel día. Las gentes del popular barrio de San Agustín, que no distinguen entre si es iglesia parroquial o conventual (de hecho pertenece a la feligresía de la parroquia de Santa Marina), inundaron sus naves, porque lo consideran «su» templo. Los arquitectos y restauradores veían culminada su obra. Junta de Andalucía, principalmente, Obispado, Ministerio de Cultura y Cajasur, que han contribuido a lo largo de ese a tiempo a su recuperación, estaban satisfechos. Y cualquier cordobés sensible a su historia y patrimonio, también.

Se iniciaron siglos de esplendor. Cárdenas, Venegas, Carrillo y los marqueses de la Guardia y señores de Santa Eufemia escogían sus capillas como sepultura y aportaban dinero. La hermandad de las Angustias nacía allí en el siglo XVI y, con el patronazgo del señor de Villaseca, propietario del vecino Palacio de las Rejas de Don Gome, y el impulso de fray Pedro de Góngora, Juan de Mesa dejaba allí su talla inmortal. En el siglo XVII cambió su faz gótica por una radicalmente barroca, cubriéndose de frescos, yeserías y canes alados. Y allí existió una Virgen del Tránsito, por la cual el barrio de San Basilio denominó a suya «de Acá».

Con la Orden de Predicadores, recuperó durante un tiempo su vitalidad, tal y como describió el lunes Pablo García Baena, nacido en la cercana calle de las Parras, que en sus recuerdos de niñez describió un barrio lleno de bullicio y una iglesia plena de altares e imágenes, belleza y armonía, al irlos descubriendo en su penumbra característica. Terminó el poeta citando para San Agustín unas palabras de su titular: «¡Oh hermosura, siempre antigua y siempre nueva!».
Restaurado materialmente el templo, corresponde ahora a los dominicos mantenerlo vivo y abierto a la sociedad y a diversas celebraciones. Para ello la vida pastoral debe ser allí tan atractiva como la joya patrimonial barroca.
Juan José Primo Jurado, en ABC-Córdoba, 30-09-09
También Diario Cordoba y El Día de Córdoba
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