lunes, 26 de mayo de 2014

OÍDO EN SCALA COELI: Notas de la Eucaristía del Domingo 25 de mayo de 2014


Sexto domingo de Pascua

    ¿Con quién estoy cuando estoy solo? ¿con quién puedo contar siempre y para siempre?

    Es cierto que muchas veces en la vida estamos acompañados de muchas personas, pero aunque estemos acompañados de muchas personas, hay una zona de nosotros mismos –nuestra interioridad, nuestra mismidad- donde, por mucho que nos quieran y nos conozcan, nadie puede entrar. Ni nuestros padres, ni nuestros seres más queridos. Y ahí, cuando nos sentimos más solos, ¿nos sentimos aislados, abandonados, deshabitados, vacios?

    El cristiano sabe que es un hombre y una mujer habitado. “…volveré a vosotros, no os dejaré huérfanos…” y eso te cambia la vida. Porque no es una presencia que se impone y te destruye, sino una presencia que cohabita contigo, te estimula y te fortalece, con la cual puedes contar.


   Y hay muchas veces en la vida donde también decimos: ¿con quién puedo contar para todo, siempre y en todo?

    La vida, muchas veces, se presenta como una especie de tribunal donde yo tengo que dar razón de mí mismo, de mis obras, de mis planteamientos; donde yo tengo también que ser capaz de responder de mis actos y de sus consecuencias, y, donde muchas veces, en ese tribunal no me siento comprendido, me siento juzgado demasiado aprisa, juzgado desde fuera.

   Necesitamos un testigo que hable por nosotros, un testigo de nuestra defensa, alguien que testifique nuestras razones más profundas. Y ese es el Defensor, el Paráclito, aquel con quien puedo contar; que es Cristo y el Señor nos da, además, otro defensor, el Espíritu Santo. Cuando yo estoy con Él, cuando yo me dejo guiar por Él, ya puede la gente, incluso yo mismo con mis traumas o complejos, decir lo que quieran de mí mismo. La verdad de mí mismo, la felicidad de mí mismo está garantizada por alguien con el que se puede contar. No dependo de la opinión de los demás, ni siquiera dependo de mi opinión, más o menos falsa, más o menos exagerada por arriba o por abajo. Es un certificado de autenticidad y de garantía.
    
   Pero, ¿cómo hacernos conscientes de ese que nos habita y ese que nos defiende? Es cierto que nosotros tenemos que desarrollar una especial sensibilidad, es decir, cultivar nuestra fe, para que no se nos oculte lo que está ahí y que muchas veces no percibimos. Creemos que percibimos con evidencia aquellas cosas que están delante de nosotros, y no es así. Nuestra capacidad de captación depende de cómo nosotros estemos atentos y cómo estemos cultivados para darnos cuenta de las cosas.
   
   Un ejemplo que a todos nos toca de cerca desde ayer: alguien que sea aficionado al futbol puede descubrir las jugadas, las estrategias, saber incluso el  nombre de cada uno de los que toca el balón en cada momento; por el contrario, la persona que no le gusta el futbol, que no se interesa por ese mundo, ni comprende la estrategia, ni comprende lo que pasa, confunde al portero con el árbitro por que van vestidos distintos, y resulta que no sabe quién va con el balón.
  
   Y es que la sensibilidad hay que educarla. La sensibilidad para la música, para el arte… la sensibilidad para Dios también hay que educarla.
   
   Hay distintas maneras de educar esa sensibilidad, según sea lo que tengamos delante de nuestra vida.
  
  Si nosotros tenemos un problema, la única manera de conocer profundamente es tomarlo con distancia y ver las causas, ver las razones y, desde ahí, poder encontrarnos con el problema, solucionar el problema. Es decir, un problema lo conoceremos tomando distancia, alejándonos.
   
  Un objeto, pensemos en un árbol, la única manera de conocerlo es acercándonos, tocándolo, oliéndolo; es por acercamiento, por tocamiento.
   
   ¿Y las personas -las personas humanas y la persona de Dios-, cómo las conocemos? Ni alejándonos, ni tocándolas, sino internándonos, sumergiéndonos, poniendo en contacto nuestra intimidad con su intimidad, buceando en el alma, en el espíritu de la otra persona. Si no, no la conocemos.
   
   ¿Cómo conocemos a Dios? ¿cómo conocemos la presencia de Cristo y del Espíritu en nuestros corazones? Buceando, internándonos. Eso solo puede hacerlo el amor, un círculo cerrado que es afecto y, también, aprender a vivir juntos. Es eso que nosotros llamamos en la espiritualidad el amor a Dios y el seguimiento de Dios; el amor a Cristo y el seguimiento de Cristo.
  
   Y fijaros en el texto de hoy de San Juan (Jn. 14, 15-21), Cristo hace como una especie de círculo: parece que dice lo mismo y lo contrario; porque dice “si me amáis, guardaréis mis mandamientos”, pero es que después dice “el que sigue mis mandamientos, ese me ama”. ¿En qué quedamos? ¿por dónde empezamos? ¿O será que somos un círculo de intimidad, de conocimiento, de amor, de compartir la vida, de compartir los valores, de tal manera que si no amo, no entiendo de las personas, porque solamente con amor se comprende a las personas? Pero, si a la vez, yo no comparto la vida, el amor, no sigo a Jesús, me quedo fuera de Él, de su intimidad, de su alma, de su misión, del Padre, de los hombres, ¿hasta qué punto puedo decir que le amo a Él o amo una imagen falsa que me he construido según mis intereses?

   Amar para conocer… conocer para amar … seguir para amar … seguir para conocer. Todo es compartir la vida, compartir la intimidad.

    Lo decíamos al principio de la Eucaristía, estos textos no son para explicarnos cosas extrañas, sino para explicarnos lo que está pasando en nosotros, aquí y ahora, hombres y mujeres de fe, hombres y mujeres de espíritu, hombres y mujeres de experiencia, de Jesucristo; hombres y mujeres con sensibilidad espiritual, unos más desarrollados y otros menos, pero eso solo lo sabe Dios y nuestra conciencia. ¿Qué pasa en nosotros? Porque nos encontramos capaces de andar por la vida de una manera especial.
   
  Fijáos en la segunda lectura ( I Pedro 3,15-18) cuando dice Pedro “seáis capaces de dar razón de vuestra esperanza a quienes os pregunten, pero con mansedumbre, con educación, con buenos modos”. Porque el gran peligro de nosotros es, por una parte, el intentar esconder que somos cristianos –nos da vergüenza-, y por otra parte, la persiguibilidad fanática –imponer a los demás nuestras ideas-.
  
  ¿Cómo superar esos dos peligros? Del miedo a definirse delante de los demás, de dar razón de lo que queremos, de lo que esperamos, con nuestras palabras, pero sobre todo con nuestras obras; y, por otra parte, no ser agresivos, no descalificar al oponente, no insultar al que piensa distinto de nosotros. ¿Cómo vivir la identidad con educación, con mansedumbre, con respeto?  Ahí se verá si yo estoy asumiendo los modos de Cristo, gracias a mi amistad con Él y a la transformación del Espíritu Santo, en cuanto persona y en cuanto comunidad. En  nuestra comunidad eclesial tiene que ser así.
  
  Y la Primer lectura (Hch. 8, 5-8, 14-17) también nos habla de otra manera de actuar del hombre de espíritu. Ha empezado la persecución que ahora se ceba solamente con aquellos judeocristianos que vienen de lengua griega, que eran siempre un poco insólitos, porque la mayoría eran extranjeros. La comunidad cristiana palestinense judía goza de paz. Y en esta persecución –que acabará con Esteban- en esa dificultad, estos hombres y mujeres, en vez de quedarse parados, aniquilados, angustiados, asustados, encogidos, se lanzan más allá de las fronteras, a los márgenes, a predicar al Señor Jesús. Y es curioso que llegan a Samaría. No es simplemente un trayecto geográfico de pocos kilómetros; es todo un trayecto mental, virtual –los samaritanos eran los enemigos tradicionales, los herejes confesos, aquellos que no podían formar parte desde siglos antes del Pueblo de Dios-. Y, precisamente, allí se habla de Jesús, allí se responde a Jesús, allí puede venir el Espíritu Santo.
  
   El Papa Francisco nos habla de los márgenes. ¿Quiénes son los samaritanos hoy entre nosotros? ¿a qué márgenes tenemos que ir para hablar de Jesucristo e ir descubriendo que Dios está actuando en ellos? ¿qué itinerarios, no sólo físicos, sino sobre todo intelectuales, mentales, espirituales, tenemos que hacer, de tal manera que no caigamos en el miedo ante las dificultades, ni tampoco en la cerrazón de que solamente los nuestros, “los de toda la vida”, son aquellos que pueden vivir a Jesucristo? ¿qué cambios nos obliga la verdad de Cristo actuando en la historia y en la sociedad?¿qué cambios de mentalidad?

   Pues todo esto es vivir la vida en el Espíritu.

  Vamos a pedirle al Señor que estas palabras que hemos oído no sean textos piadosos un poco incomprensibles, sino guía tremendamente práctica para poder vivir lo cotidiano, el día a día, lo que nos pasa.