martes, 15 de abril de 2014

LAS PALABRAS DE CRISTO EN LA CRUZ (III)


3ª.- “AHÍ TIENES A TU MADRE. AHÍ TIENES A TU HIJO”. Jn 19, 25-27


¡Oh Redentor y Salvador del mundo!, si los ladrones desean que os acordéis y tengáis memoria de ello, ¿cuánto más lo deseará vuestra benditísima Madre. Y si vos tenéis memoria de los robadores, ¿cómo no la tendréis de los robados? Bien veo, Redentor mío, que no la tenéis olvi­dada, porque el dolor con que su presencia aflige vuestro corazón no os la deja. olvidar: antes creo que allá dentro de vuestra alma le hablaréis muchas veces y le decíais: Oh inocente y afligida Virgen!, ¿qué consuelo te daré? Tu consuelo sería mío; mas porque no lo hay hoy para mí, tampoco lo hay para tí.



Si consuelo es condolerme de tí, más siento los dolores de tu corazón que los de mi cuerpo, y más siento ver y correr esas lágrimas por tus ojos que esta sangre por mi cuerpo.

¡Oh, Madre dulcísima!, ¿dónde están ahora los gozos que conmigo tuviste? Llegada es ya la hora en que te tengo de ser corporalmente quitado y en que se ha de partir esta tan amada y tan antigua compañía. Pues, ¿con qué palabras me despediré de tí al tiempo de la partida? Si te llamo Madre al tiempo que pierdes al Hijo, atormentarse han tus entrañas con esta voz. Si del todo no te hablo ni me despido de ti en tan largo camino, añadirse ha otro dolor a tu dolor. Llamarte he, pues, no madre, sino mujer, diciendo: Mujer, he ahí a tu hijo.

¡Oh Virgen santísima!, si deseabais oir alguna palabra, ésta es la más conveniente que se os podía decir, pues en ella se provee de compañía para vuestra soledad y se os da otro hijo por el que perdéis. Consolaos, pues, con este consuelo. Antes con él se renueva mi dolor. Porque con la com­paración de lo que me dan veo más claro lo que me quitan. Tal es y tan nuevo mi dolor, que crece con los remedios.

Quiero contemplar,... ¡ oh benditísima Madre, hija y ama de este Señor!. qué tal haya sido ese dolor. Ves a tu Hijo crucificado, mudas el Maestro en el discípulo, el Señor en el criado, el que todo lo puede en el que todo desfallece. Verdaderamente, atraviesa tu alma un cuchillo de dolor, y penetra tu corazón la lanza y rompe tus entrañas los clavos, y despedaza tu espíritu entristecido la vista del Hijo cru­cificado.

Desfallecido han tus fuerzas, enmudecido ha tu lengua, agotado se han las fuentes de tus ojos ,y marchitado se ha la flor de tu hermosura. Las heridas del Hijo son heridas tuyas, la cruz suya es también tuya, y su muerte tuya es. Dime, madre, ¿dónde dejas al Hijo? Hija, ¿dónde dejas al Padre? Ama, ¿cómo desamparas al que criaste? ¡Cuán de mejor gana perdieras la vida que tan dulce compañía! Mártir eres y más que mártir, pues sacrificas más que la vida. Dos martirios y dos altares hallarás, alma mía, en este día: uno en el cuerpo de Cristo y otro en el corazón de la Virgen; en el uno se sacrifica la carne del Hijo, y en el otro el alma de la Madre.

                                                                        (Fr. Luis de Granada)