domingo, 13 de abril de 2014

LAS PALABRAS DE CRISTO EN LA CRUZ (I)


1ª.- "PADRE, PERDONALOS".  Lc 23, 33-36


Mira, pues, con cuánta piedad y mansedumbre, pronunció este Señor esta palabra, diciendo: Padre, perdona a éstos, que no saben lo que hacen. Primero que consuele a su madre, primero que provea a sus amigos, primero que encomiende al Padre su espíritu, provee a sus perseguidores de remedio... ¡Oh bondad sin medida! ¡Oh inestimable ca­ridad!

 ...Pues en el tiempo que... después de haber crucificado el cuerpo del Señor con clavos, crucifican su piadoso corazón con sus lenguas, el mansísimo Cordero, teniendo más compasión de la perdición de sus almas que dolor de sus propias injurias, hace esta oración al Padre por ellos.

Nosotros, cuando somos injuriados, aguardamos a que el tiempo cure nuestras pasiones y queremos que entre tanto esté ociosa la virtud y la razón. Aguardamos a que la humildad y reconocimiento de nuestros malhechores nos aplaque, y así venga a ser el perdón más virtud ajena que nuestra. Nada de esto mira el Salvador; no aguarda que se cierren las llagas ni que el tiempo cure las injurias, sino en medio de las heridas de su cuerpo y de las palabras que tiraban como saetas a su corazón, saca El palabras de su corazón, no herido con verbo, sino herido de amor y com­pasión.

Todos sus miembros y sentidos tenía impedidos y atormentados, cada uno con su propio tormento; los pies y manos, clavados y todos los otros miembros, descoyunta­dos y estirados en la cruz. Sólo la lengua estaba libre, aunque amargada con la hiel que le habían dado, y ésta, que sola quedaba suelta, emplea ahora en hacer oración por quien le hacía tanto mal.

Pues, ¡Oh Cordero de infinita piedad y mansedumbre! no seáis para con los enemigos piadoso y para con los vues­tros severo, ni sea medio para medrar con Vos ser cruel y duro con Vos. Aquí, Señor, me presento derribado a vuestros pies, no escandalizándome con vuestra muerte, sino predicando vues­tra gloria; no haciendo burla de vuestra pasión, sino com­padeciéndome de vuestro dolor. Pues levantad, Señor, la voz y encomendadme a vuestro dulce Padre y decidle: Padre, perdona a este pecador, porque no supo lo que se hizo.      


                                                                        (Fr. Luis de Granada)