lunes, 14 de octubre de 2013

Beatificación de dos dominicos españoles


Utilizando palabras de insignes dominicos diremos que ayer,  domingo 13 de octubre de 2013, se fija un nuevo hito en la ruta que orienta a los hijos de Santo Domingo en su caminar hacia la perfección del carisma recibido, cumpliendo el «mandato» de predicar que hizo a la nueva Orden el Papa Honorio III, el 21 de enero de 1217.

Al término ya del «Año de la Fe» los nombres de fray Raimundo Castaño y fray José Mª González Solís, se inscriben en el voluminoso catálogo de los Mártires que enriquecen y estimulan a la Familia de los Predicadores. De estos dos hermanos puede decirse también cuanto aseguraba con fuerza Santa Catalina de Siena en la segunda parte del siglo XIV, que «Domingo predicaba todavía entonces y que predicará por siempre».



Nada de lo que ocurre a nuestro alrededor puede resultarnos ajeno. Por esta razón, la familia dominicana no vive la beatificación de estos mártires como un triunfalismo fácil; tampoco como una revancha del falso vencedor. No está ahí nuestro debate ni nuestra lucha. Queremos vivir la beatificación de estos mártires desde el ejemplo más apreciado que ellos mismos nos dejaron. En sus biografías aparece que ‘murieron perdonando’. La reconciliación, el reconocimiento del pasado con sus luces y sombras es nuestra apuesta, nuestro desafío y nuestra tarea fundamental. No hacemos memoria para utilizar a las víctimas con fines de discordia. Hacemos memoria de todas las víctimas, mártires de la fe o no, porque es un gesto de justicia. Justicia con quienes nos han precedido en la fe y justicia con aquellas otras víctimas que, sin el reconocimiento expreso de la fe, murieron igualmente de forma violenta por defender sus convicciones e ideas. En definitiva, justicia con nosotros mismos si queremos ser fieles a nuestra memoria histórica desde el testimonio que pretendemos ofrecer en Jesucristo.

Sirva, por tanto, la beatificación de estos mártires como un signo de esperanza.

Ellos han dado gloria a Dios con su vida y con su muerte y se convierten para todos nosotros en signos de amor, de perdón y de paz. Los mártires son profecía de redención para cada persona y para la humanidad’.

Con palabras tomadas de escritos del propio Beato Raimundo,  que la voz de nuestros Mártires resulta desde ahora más correcta, clara y armoniosa. Habla de amor a Cristo y a la humanidad, desde la comunión total con el Redentor sufriente, y la exaltación con Él para el rescate definitivo de toda la Creación, libre ya de toda atadura.

Una breve semblanza de cada uno de los nuevos beatos de nuestra Orden de Predicadores.

Fray Raimundo Joaquín Castaño González O.P.

 Nació el 20 de agosto de 1865 en el Principado de Asturias (España). Brilló desde la infancia por su buena disposición e ingenio despierto, que comenzó a cultivar en una escuela de la ciudad de Oviedo. Pronto dirigió sus pasos hacia el seminario diocesano, que se hallaba entonces en el antiguo convento de Santo Domingo.

Completados los estudios humanísticos, pidió el ingreso en el noviciado Dominicano de Corias, en la misma región de Asturias. Transcurrido el año de noviciado hizo la profesión religiosa el 5 de noviembre de 1881. Después estudió filosofía y teología y, ordenado ya de diácono, lo enviaron al colegio de San José de Vergara (Guipúzcoa).

Restaurada la provincia de Andalucía o Bética en 1897 dio su nombre para la misma y pasó a Zafra (Badajoz).  Destacamos por su relación con Córdoba que, en nombre del Prior provincial recibió en 1903 para la Orden la iglesia de San Agustín de Córdoba.

En 1905 pasó al convento de Santo Domingo de Almería, donde los religiosos atendían el Santuario de Nuestra Señora del Mar, patrona de la ciudad. En 1907 era Prior del convento de Santo Domingo de Jerez de la Frontera, y, en ese mismo año fue nombrado Vice Regente del Estudio de Almagro, comunidad ya numerosa, con más de 50 profesos, y algunos niños formándose en la Escuela Apostólica.

En vistas a la restauración de la provincia de Portugal fue enviado en 1910 con otros dos hermanos a Viana do Castello, en el territorio de la antigua Provincia de Lusitania, pero el proyecto no pudo desarrollarse a causa de la revolución portuguesa.

Al año siguiente  pasó al Santuario de Nuestra Señora de las Caldas de Besaya (Santander), reintegrándose así a su Provincia de origen, que era la de España. En 1915 formaba parte de la comunidad de San Pablo de Valladolid, donde estuvo hasta enero de 1922. Lo eligieron entonces Prior de San Pablo de Palencia.
En 1932 fue nombrado Vicario de las monjas Dominicas de Quejana (Álava). Continuó allí hasta su apresamiento, asignado primero al convento de Oviedo y, finalmente, al de San Esteban de Salamanca.

Poseía grandes cualidades para el apostolado y las desarrolló en forma de misiones populares, ejercicios espirituales y otras formas de predicación por numerosas regiones de España. Su ministerio, que proyectó con frecuencia hacia los sacerdotes, brotaba de la oración, el estudio, la vida regular y penitente. Acudían a él muchas personas de toda condición social en busca de dirección espiritual, y trató también a los reyes de España Alfonso XIII y a su esposa María Cristina. Se mostraba caritativo para con los pobres. Manifestaba su convicción de que «lo que se da por la puerta retorna por la ventana». Era afable en el trato, optimista, alegre, muy devoto de la Eucaristía, del Sagrado Corazón de Jesús y de la Santísima Virgen del Rosario. «Todo le cansaba, menos el Sagrario», solía decir.
Hablaba poco y oraba mucho, y se dedicaba a la traducción de libros con mucha intensidad. Lo observaban escribiendo sin descanso.


Fray José María González Solís O.P.

Nació en Santibáñez de Murias (Aller – Asturias), el 15 de enero de 1877. Ingresó en el noviciado dominicano de Corias (Asturias) el 2 de enero de 1893, y realizó la profesión religiosa el 3 de enero del año siguiente. Recibió el presbiterado en la iglesia de San Esteban de Salamanca el 10 de marzo de 1900.

Fue destinado al colegio de San José de Vergara (Guipúzcoa), donde impartió disciplinas especialmente del área de las matemáticas, todo ello durante diez años.

El 6 de abril de 1920 lo eligieron Prior del convento de San José de Padrón (La Coruña), no lejos de Santiago de Compostela. Este convento contaba con unos veinte religiosos. Los sacerdotes estaban dedicados al ministerio pastoral, en su espaciosa iglesia, y por diferentes zonas de Galicia. Dirigió la asociación de la «Adoración Nocturna» y la congregación de «Hijas de María».

En 1923 lo destinaron al convento de San Pablo de Valladolid, y fue también profesor de asignaturas de su especialidad. En abril de 1925 lo eligieron Prior de San Esteban de Salamanca.


Vivió intensamente su consagración religiosa. Era alto de estatura, muy ordenado en su vida de oración y trabajo, cuidadoso en la preparación y acción de gracias de la Eucaristía. Lo recordaron como un hombre sencillo, agradable y muy piadoso. Se dedicaba a sus ocupaciones, y hablaba solo lo necesario. En la prisión no se daba descanso cuando se trataba de la asistencia espiritual a sus hermanos.