domingo, 15 de septiembre de 2013

UN DÍA CUALQUIERA DE LA VIDA DEL P.POSADAS

         El Beato Francisco de Posadas, Dominico cordobés, hijo del Convento de Santo Domingo de Scala Coeli,  vivió, trabajó y murió en el convento de s. Jacinto, El Hospitalico del P. Posadas, como se le llamaba en Córdoba al Convento donde vivía. 

         Amante de Escalaceli, cuidaba del socorro de su convento en sus necesidades, y puso en mano de su prelado todo el dinero que recibió de la impresión de sus libros. Escalaceli le dio el ser de dominico, y nunca se desarraigó de su filiación. En sus primero años del Hospitalico subía a su convento de Escalaceli en los últimos dias de Sema Santa y primeros de resurrección para darse a ejercicios de penitencia.
   
      Al aumentar el culto en el Hospitalico, se vió privado de la posibilidad de subir durante la semana Santa a Escalaceli. Pero siempre volvía, refugiandose allí siempre que se le presentaba la ocasión. Una de las postreras veces que subió fue en 1705, acompañando a su amigo y dirigido Luis Belluga, cuando le preconizaron obispo de Cartagena.

        Este Hospitalico  se convirtió en el epicentro espiritual de la ciudad. Allí acuden gentes de todos los estamentos sociales, desde el pobre al rico, desde el regidor al obispo, desde el bandolero al santo.

    El P. Posadas es un santo madrugador. Desde el amanecer se preparaba al trabajo con larga meditación. Confesaba un rato. Celebraba devotamente la Misa. Volvía al confesionario hasta las doce. Si le dejaban, subía a su celda a estudiar o escribir.

    A la mesa de la reducida comunidad,  se muestra como buen compañero, parco, lo mismo en la comida,  que en la recreación o charla de sobremesa.

     Ocupaba la tarde en la visita de los enfermos, confesando a unos y exhortando a otros: arreglaba con su carisma los matrimonios desavenidos. Tenía sermón todos los dias de fiesta. En cuaresma estaba en el confesionario hasta muy tarde.

   La pobre celda impresionaba por su austeridad. La pobreza de su celda predicaba la de su espíritu. En lugar de escritorio, un cenacho de esparto, a quien llamaba el cenacho de la Providencia y lo era, más para los pobres que para él.

     De lo que estaba bien provisto era de instrumentos penitenciales, que guardaba con cuidado sumo.

                                                     P. José Antonio Segovia, o.p.