jueves, 7 de junio de 2012

El corazón de la Santa Predicación


El nacimiento de la Orden Dominicana fue de esta manera: Cuando el Padre Santo Domingo estaba predicando con el Obispo Diego, pero antes de que vivieran juntos, se encontró con que había reunido con él nueve mujeres, por obra del Espíritu Santo. Como era hombre justo, y no quería exponerlas a la vergüenza de un mundo albigense, decidió fundar un monasterio. Tal fue su intención cuando el 22 de noviembre de 1.206 hizo la primera fundación de lo que diez años después sería la Orden de Predicadores.


El Beato Jordán de Sajonia, sucesor de Santo Domingo como Maestro de la Orden, describió de este modo la fundación de las monjas: “Instituyó un monasterio con el fin de recoger en él algunas mujeres nobles que, por motivos de pobreza, eran entregadas por sus padres a los herejes, para que las educaran y se preocuparan de su manutención. El monasterio estaba situado entre Fanjeaux y Montreal, en el lugar denominado Prulla. Hasta el día de hoy, las siervas de Cristo ofrecen allí un culto agradable a su Creador, con una santidad vigorosa, y preclara pureza de inocencia. Llevan una vida provechosa para sí, ejemplar para los hombres, motivo de júbilo para los ángeles y grata a Dios”. (Libellus, nº 27)

Las nueve mujeres que Santo Domingo recibió fueron: Adelais, Raymunda, Berengaria, Ricarda, Jordana, Gugliemina, Curtolana, Claretta y Gentiana. Fue por su “fortaleza y santidad” y por su “noble pureza de inocencia por lo que estamos todas hoy aquí”. Todo es como si, sin ellas, podíamos haber tenido a Santo Domingo, pero nunca hubiéramos tenido la Orden que fundó.

El pasado verano (año 2007) la Orden celebró un Capítulo General en Bogotá, Colombia, y con ocasión de la Fiesta de Santo Domingo, los Capitulares enviaron una carta a todas las monjas de la Orden. En ella, escribieron:

Con vosotras felicitamos con gozo al Monasterio “Santa María de Prulla”, primera fundación de una Comunidad Dominicana, y principio de un proceso que llevó a la confirmación de la “Orden de Predicadores” por el Papa Honorio III el 22 de Diciembre de 1216. Desde el principio, vosotras, nuestras hermanas, no sois sólo una parte esencial de la Orden: sois el corazón mismo de la Santa Predicación y una “ayuda siempre eficaz para la vida apostólica de vuestros frailes” (cf. Aniceto Fernández, 22 de Julio de 1971, en su carta de promulgación del texto provisional del Libro de las Constituciones de las Monjas revisado). El auténtico corazón de la Santa Predicación de la Orden Dominicana debe encontrarse en los Monasterios de nuestra Orden, e incluso elevarlo aún más alto: las monjas de la Orden de Predicadores SON el corazón.
           
La carta de Bogotá continúa: Tan queridas eran para nuestro Padre Santo Domingo que una de sus últimas preocupaciones (antes de su muerte en 1221) era la construcción del monasterio de las monjas en Bolonia: “Es absolutamente necesario, hermanos, que se construya la casa de las monjas, incluso si ello significa posponer durante un tiempo el trabajo de nuestra propia casa”. Domingo nos confió los monasterios a nosotros. Y nosotros estamos confiados a la oración y cuidado de las monjas. Esta reciprocidad está en el corazón de la Orden.

El Padre Bede Jarrett, OP, comenta en su Vida de Santo Domingo que esta primera fundación de monjas iba a ser “apostólica, educativa y un refugio del entorno hostil”. Había, en aquel tiempo, muchos errores relativos a la Fe Católica en esta región de Francia. La gente fácilmente era arrastrada y se alejaba de la Iglesia. Pero estas nueve monjas iban a cambiar todo esto. No sólo consagrarían sus vidas por los Consejos Evangélicos, sino que también establecerían su monasterio como un centro para que los Católicos pudieran venir y formarse en la Fe.
           
La solución de Santo Domingo al problema fue consagrar estas nueve mujeres al Señor. Su solución a la adversidad fue la oración, su solución fue enseñar la Verdad para combatir y vencer todo error, y su solución fue (contra lo que se esperaba), el Señor, para convertir el mundo a Cristo.

Una vez más, de la Carta de Bogotá: “Vuestra oración, vuestra vida de contemplación, vuestro mundo de clausura y silencio – sin abandonar la humanidad como lugar para encontrar a Dios -, vuestro trabajo, vuestro escrute de las Escrituras con corazones amantes, vuestra práctica de la penitencia – todo esto es el modo como compartís la misión común de la Orden”.

Es peligroso pensar en celebrar un Aniversario. Fácilmente podemos pensar que todo el trabajo ya está hecho, que tenemos mucho de qué enorgullecernos, por lo que podemos descansar. Este es el peligro. La realidad es que un Aniversario nos llama a un esfuerzo aún mayor para ser fieles a la fundación, para preocuparnos por nuestro mundo herético y cómo estamos para convertirlo y convertirnos más profundamente a Cristo.

Si os relacionáis con Nuestra Señora y Santo Domingo, debéis estar preparadas para estar en movimiento. Este fue el estilo de vida que Santo Domingo había formado para las monjas, no un edificio, o unas personas en particular, sino un estilo de vida. Las Constituciones de las Monjas detallan esta vida:

Por ello, toda la vida de las monjas se ordena a conservar concordemente el recuerdo constante de Dios. En la celebración de la Eucaristía y del Oficio Divino, en la lectura y meditación de los libros sagrados, en la oración privada, en las vigilias y en toda su intercesión, procuren sentir lo mismo que Cristo Jesús. En la quietud y en el silencio, busquen asiduamente el rostro del Señor y no dejen de interpelar al Dios de nuestra salvación para que todos los hombres se salven. Den gracias a Dios Padre, que las llamó de las tinieblas a su luz admirable. Fijen en su corazón a Cristo, que por todos nosotros fue clavado en la Cruz. Practicando todo esto son realmente monjas de la Orden de Predicadores."



James Sullivan, O.P.
Priorato de Santo Domingo, Youngstown, Ohio (USA)