miércoles, 6 de junio de 2012

El bastón y la Escritura: "ve y predica"


En nuestra Basílica de Santa Sabina en Roma, hay un hermoso ícono pintado por una monja Dominica italiana. El ícono muestra a Santo Domingo, en la visión que tuvo en Roma, antes de que la Orden fuera confirmada por el Papa. En esta visión, Pedro y Pablo se aparecieron a Domingo. Pedro le entregó un bastón y Pablo, las Sagradas Escrituras. Y ambos le dijeron: “Ve y predica”. Eso es todo. Pienso que toda nuestra Orden puede ser descrita con esos tres símbolos: un bastón, las Sagradas Escrituras y las palabras “ve y predica”. Esto constituye la esencia de lo que implica ser Dominico.


En el Evangelio de hoy, tomado de san Juan, Jesús dice: “Permaneced en mí…Si permanecéis en Mí y mis palabras permanecen en vosotros, daréis mucho fruto y seréis mis discípulos”. Este verbo “permanecer” significa “vivir en, morar en”. Jesús vive en nosotros y nos invita a habitar en Él, a poner nuestra morada en Él. Incluso cuando nosotros Dominicos emprendemos un viaje, con el bastón en la mano, debemos aprender a permanecer en Jesús y en Su Palabra  a lo largo del camino.

Cuando yo viajo,  casi siempre llevo conmigo un pequeño Nuevo Testamento y cuando estoy en un aeropuerto o en el avión, o caminando a lo largo de una calle, lo tomo en mis manos y leo una o dos frases. Luego trato de caminar con esa frase en mi corazón. Saboreo el versículo bíblico en mi boca, trato de escucharlo con mis oídos y verlo con mis ojos. Lo dejo sumergirse en mi corazón y lo siento en todo mi cuerpo. Trato de dejar que la Palabra permanezca en mí, penetre profundamente en mi interior y repose allí.

 Ese es el  modo en el que  reflexiono en el texto  evangélico sobre el cual   predico ahora. Simplemente repito el texto una y otra vez hasta que empieza a penetrar en mi mente y a sumergirse en mi corazón, como una semilla que cae en la tierra y empieza a echar raíces. Procuro dejar que la Palabra se encarne en mí, tal como lo hizo en María. Y luego espero hasta que la predicación comienza a crecer, como una pequeña planta. Espero que, después de muchos años siendo Dominico, llegará el día en que me asemejaré a esa Palabra que habita en mi interior. En el año 2008, en el Sínodo sobre la Palabra de Dios, el Papa Benedicto y los Obispos dijeron:

“ Permanezcamos ahora en silencio, para escuchar la Palabra de Dios…Después de escuchar, mantengamos este silencio, de modo que la Palabra continúe morando en nosotros, viviendo en nosotros y hablándonos a nosotros. Dejémosla resonar al comienzo de nuestro día de manera que Dios tenga la primera palabra y dejémosla repercutir en nosotros al llegar la noche para que Dios tenga también la última palabra”.

Tanto si somos monjas contemplativas que pasamos toda nuestra vida en un monasterio, como si somos frailes o religiosas o laicos que anunciamos la Buena Nueva en el mundo, estamos todos  llamados a permanecer en Jesús y a dejar que su Palabra permanezca en nosotros. Incluso cuando vosotras camináis de una parte a otra del monasterio, deberíais llevar con vosotras  el bastón y la Palabra de Dios, a ejemplo de  Santo Domingo.

Algunos años atrás visité la India. Allí conocí a un anciano que es un Budista Tibetano. Vive en una montaña y pasa toda su vida cincelando en piedra, con un martillo y un cincel, las sagradas escrituras y los dichos de Buda. Hace esto día tras día. Toda su vida está dedicada a ello. Trabaja en silencio, como un predicador contemplativo Budista.

Nosotros, Dominicos, somos miembros de la Orden de Predicadores que Santo Domingo fundó hace 800 años. Domingo llamó “Santa Predicación” a la primera comunidad de monjas, en Prulla porque quería que el monasterio fuera como una palabra que hablara de Dios a la gente. En la actualidad ese monasterio está aún allí, en el mismo lugar donde Santo Domingo lo fundó, junto a la iglesia dedicada a Santa María de Prulla. Es un sitio en el que se cruzan dos carreteras y cada día, muchos vehículos y personas pasan por ese monasterio. Pienso que Domingo quiso que la gente viera nuestros monasterios y comunidades y viera la Palabra de Dios cincelada no solamente en las piedras sino en nuestros rostros, en nuestra liturgia y en las vidas de  las hermanas y hermanos. Esto es lo que significa ser una “santa predicación”. Implica ser piedras vivas, con la Palabra de Dios visible en nuestros rostros.

Mis queridas hermanas, sor Mary Paul  Nhien and sor Jeanne Eucharist Hao, hoy vosotras decís a Dios, a vuestra comunidad y a todo el mundo que deseáis ser monjas de la Orden de Predicadores hasta vuestra muerte! Estáis diciendo que queréis permanecer en Jesús y que queréis que su Palabra permanezca en vosotras hasta la muerte. ¿No es esto lo que los mártires de Vietnam hicieron  muchos años atrás? Ellos permanecieron en Jesús y dejaron que su Palabra permaneciera en ellos hasta la muerte. Al igual que el viejo Budista Tibetano que pasa su vida entera cincelando las Escrituras en piedra,  hoy vosotras estáis diciendo que queréis ser durante toda vuestra vida una Santa Predicación, así como sor Mary Rose lo ha sido en su larga vida como Dominica.

Por eso, hoy os entrego el bastón de Domingo y las Sagradas Escrituras que él llevaba consigo en sus viajes. Pero, sobre todo, os entrego las palabras que Pedro y Pablo le dijeron: “Ve y predica”. Hermanas, abrid vuestros corazones para que las palabras de Jesús y su Cuerpo y su Sangre permanezcan en vosotras y luego, continuad caminando de tal manera que cada paso, cada latido, cada momento de vuestra vida sea una Santa Predicación.

Septiembre de 2010.
Profesión Solemne de Sor Mary Paul Nhien y Sor M. Jeanne Eucharist Hao.
Bodas de Oro de Vida Religiosa de Sor Maria Rose.