martes, 3 de abril de 2012

Via Crucis vocacional

1ª ESTACIÓN: Jesús entregado a muerte
Nos unimos, Señor, a tu entrega. Somos conscientes de que, la nuestra, no siempre es generosa y muchas veces limitada. Nuestros compromisos, en muchos casos, son puntuales, pero no constantes; fogosos pero poco consistentes. A veces duran menos que un suspiro y otros cesan cuando brotan las primeras contradicciones. Te damos gracias, Señor, porque nuestro hacer está fundamentado en la fe firme en tu resurrección. Ayúdanos a entregarnos con más decisión, valor y coraje. Sólo estando unidos a Ti, como el sarmiento a la vid, podremos fructificar y cambiar el mundo. Ayúdanos, Señor, a tener experiencia de tu resurrección, de tu paso entre nosotros, del inmenso amor que nos tienes.

¿Por qué tantos jóvenes sin brillo de vida en sus ojos y encerrados en sí mismos?


2ª ESTACIÓN: Jesús con la cruz camino del calvario
Nos quejamos frecuentemente de las dificultades pero, en cambio, solemos ser poco agradecidos con tantos regalos que recibimos de Ti a través de los demás. Nos asustan, Señor, las cruces: la cruz de la enfermedad o del rechazo social; la cruz de la soledad o la cruz del fracaso. El mundo, Jesús, intenta eliminar la cruz, diseñar una fisonomía cultural sin aquello que ha sido y sigue siendo el signo por excelencia del amor y de la pasión por conquistar y renovar a toda la humanidad. ¿Nos dejas, Señor, acompañarte cargando y soportando un poco el peso de tu cruz?

¿Por qué se educa sólo para el disfrutar y no a ser fuertes ante las contrariedades?


3ª ESTACIÓN: Cae Jesús en tierra por primera vez
Caen muchos edificios, se tambalean algunos cimientos de la sociedad de hoy. Vivimos, en más de una ocasión, sometidos a unos dictados que nos alejan de los auténticos valores que nos ofrece el evangelio.

¿Somos más felices así? ¿Por qué tanto desencanto? ¿Por qué los jóvenes de hoy, teniendo tanto, siguen vagando, cayendo, buscando, errando….y a veces confundidos sin saber por qué ni cómo? ¿Por qué tienen tanto miedo a conocerte, amarte y seguirte? Ayúdanos, Jesús, a estar arraigados en ti. Tú nos darás la fortaleza, nuestras ansias de vivir en la multitud de caídas diarias.

4ª ESTACIÓN: Jesús se encuentra con su Madre
Sólo por amor y desde el amor entendemos la entrega apasionada y colosal de Jesús. “Dime lo qué harás por mí y te diré lo qué me quieres” dice un viejo proverbio. A unos metros de distancia, María, se detiene para contemplar, animar y penetrar con su mirada a Aquel que un día lo recibió en sus brazos en el silencio de Belén. El amor lo trajo silenciosamente en una noche estrellada y, hoy, de nuevo el amor lo arrastra, lo empuja fuera del seno y protección de una Madre para que culmine por amor, su aventura en una cruz. Gracias, María. Dos amores se cruzan en nuestro camino del día a día: el amor de Cristo y tu amor de Madre.

¿Qué papel desempeña María en nuestro conocimiento y encuentro con Jesús? ¿Has colocado a María en algún lugar de tu vida?


5ª ESTACIÓN: Jesús es ayudado por el Cirineo a llevar la cruz
Cristo nos necesita. Pudiéndolo hacer todo…nos da una oportunidad: en su cruz hay un hueco para cada uno de sus amigos. Lo que no hagamos ¿quién lo hará por nosotros? Cirineo no es quien lleva a disgusto y a la fuerza las cargas y las dificultades de los demás. Cirineo es aquel que sabe mirar por encima de sí mismo y ser solidario con tantas personas y situaciones que reclaman nuestra presencia como cristianos. Como el buen samaritano tenemos que abrir nuestros ojos a la realidad que nos acecha. Existen muchas situaciones que podemos mejorar. ¿Desde dónde? Desde nuestra seguridad en Jesús: El es nuestra roca. La causa de nuestro amor. El manantial del agua que ofrecemos al que nos la solicita.

¿Procuramos aliviar sufrimientos? ¿Miramos hacia otro lado cuando reclaman nuestra mano?


6ª ESTACIÓN: la Verónica enjuga el rostro a Jesús
Ojala, Señor, fuésemos tu rostro ante el mundo. La cara afable que se presentase en situaciones difíciles o de sufrimiento. Existen, Jesús, multitud de imágenes en nuestro mundo que nos conmueven y que nos hacen pensar que “algo no funciona bien hoy y aquí” cuando, tantas personas, reclaman atención, delicadeza o dignidad. Te damos las gracias, Señor, porque al vestirte de pobreza y de humildad nos indicas el camino que hemos de emprender para encontrarnos contigo. Que también nosotros, como la Verónica, descubramos tu rostro en nuestras fatigas y noches oscuras, en los acontecimientos en los que aparentemente nos encontremos derrotados o fracasados.

¿Limpiamos el rostro de la Iglesia con nuestro compromiso firme y recio? ¿Damos la cara por ella?


7ª ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez
No es débil quien cae sino, fuerte y grande, quien se levanta. Nuestras respuestas a muchas situaciones anómalas que se dan en nuestra vida están en Ti, Jesús. Caemos en el pesimismo y Tú nos dices: “Yo soy la fuente de agua viva”. Nos desplomamos en la desesperanza y Tú nos recuerdas: “Yo soy el Camino”. Nos sumergimos en la mentira y Tú nos señalas: “Yo soy la Verdad”. Nos confundimos en la oscuridad y Tú nos apuntas: “Yo soy la Luz”. Tú, Señor, no quieres héroes debajo de la cruz. No quieres seguidores arrastrados por el suelo. Pero deseas que, llegando esas situaciones de caídas y tropezones, sepamos alargar nuestra mano –como Tú lo hiciste con la tuya‐ ante tantos amigos y hermanos nuestros que viven arrojados en la infelicidad, en el peso de una vida insoportable.

¿Somos fuertes en los momentos de dificultades? ¿Nos agarramos al poder de la oración?


8ª ESTACIÓN: Jesús habla a las mujeres de Jerusalén
¡No lloréis! Nos dice el Señor. Nos cuesta expresar nuestros sentimientos más sensibles. Parece como si el mundo escondiera esa faceta del ser humano: ser compasivo. Jesús, camino de la cruz, vuelve los ojos hacia unas mujeres. Hoy, de nuevo, los gira hacia nosotros. ¿Qué buscáis? ¿Qué habláis? ¿Qué deseáis? En el fondo estamos tan metidos en la espiral de las prisas y de lo artificial, que nos hallamos aturdidos y desconcertados por la charlatanería y palabrería de nuestro mundo, por promesas que son falsas propuestas. No es que lloremos, Jesús, es que no sabemos ya ni porque llorar. ¡Son tantos los motivos tristes que sacuden las entrañas de nuestro vivir cotidiano!

¿Expresamos nuestros sentimientos de alegría o de solidaridad? ¿Somos hombres y mujeres de palabra o también de obra?


9ª ESTACIÓN: Jesús cae en tierra por tercera vez
Tres veces fuiste tentado por el maligno en el desierto; tres veces fuiste negado por Pedro; tres veces has caído, Señor, siendo zarandeado por la humanidad a la que – con el peso de tu cruz‐ quieres salvar. Tres días, Señor, caerás hasta el fondo del sepulcro. Pero, de esa oscuridad, y al tercer día resucitarás. Has caído Señor porque sabes que las caídas no son lo fundamental. Que lo esencial son las alzadas, los ojos que miran por encima del madero buscando respuestas en la eternidad, en un Dios que – viéndote humillado como ya te contempló en Belén‐ saldrá fiador en tu rescate final. Nos admira, Jesús, tu fidelidad y tu constancia. Nos conmueve, Señor, tu rostro en tierra. Nos asombran, Señor, tus motivaciones para seguir adelante: razones del corazón, convicciones profundas, sentido de tu misión. Lo haces sin alfombras que amortigüen tus golpes; sin aplausos que animen tu cortejo…..hasta sin amigos que hagan más llevadera tu pasión. ¡Tus caídas, Señor, harán menos fuertes las nuestras!

¿Defendemos nuestros ideales cristianos aunque, ello, nos traigan incomprensiones?


10ª ESTACIÓN: Jesús es despojado de sus vestidos
Nos preocupa la buena imagen. A veces podemos llegar a pensar que estamos en el mundo de Alicia en el país de las maravillas. Y, la realidad, no es esa. El hombre se enfrenta a su propia desnudez. Hemos desnudado a su vida, del valor supremo de la vida. Hemos arrancado, su bienestar, con excusas del todo vale a costa de lo que sea. Hemos descalzado su felicidad, con escaparates artificiales y al alcance de cualquier edad. Hemos desabrigado el cuerpo de la humanidad, disfrazándolo con trajes de plástico y de quita y pon. Jesús que murió totalmente despojado de todo, lo hizo revestido de dignidad y de ideales, de gozo interno y de honor. Pidamos al Señor que nadie nos arranque la túnica del “sí” a la vida. Del “sí” a la familia. Del “sí” a la cruz y a Dios. Del “sí” a los valores eternos que son fuente de seguridad y de paz.

¿Revestimos o desnudamos con los valores del evangelio los lugares donde nos encontramos en el día a día?


11ª ESTACIÓN: Jesús es clavado en la cruz
Mirando a la cruz, mirando a Cristo, parece como si fuera condenado por el mundo y por el mismo Dios. ¿Dónde están los que tanto se aprovecharon de su amistad y de sus milagros? ¿Dónde se esconde Aquel que, en las entrañas de María Virgen, se hizo presente para hacerse visible por Jesús en Navidad? En la cruz, amigos, no es clavado Jesús: es clavado también el Hijo de Dios. Y, en esa cruz, Jesús firma la última página de su vida escrita con las letras de la fidelidad, misión cumplida y entrega confiada al Padre. No estamos acostumbrados a ser clavados por nuestros ideales. Preferimos renunciar a ellos antes que ser atacados o señalados por defenderlos. Pero, un día, también el Señor nos preguntará sobre nuestra valentía. Si fuimos capaces de soportar algún clavo que otro por causa de nuestra fe.

¿Somos valientes y entusiastas por la causa del Evangelio? ¿Lo silenciamos o lo proclamamos con nuestra vida?


12ª ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Nos asustan las soledades en los momentos más decisivos de nuestra vida. En aquellos instantes en los que, una voz amiga, la hubiéramos deseado más que nada en el mundo. Jesús grita a Dios. ¿Dónde está Aquel que tantas veces le habló en su misión? Pero, más allá de esa orfandad, Jesús confía: “Dios mío, Dios mío….” Por encima del desgarro que producen los clavos, está un corazón que permanece en íntegra comunión con el Padre. Muere Jesús en la cruz, pero con su muerte, morirán muchas cosas viejas y nacerán otras nuevas. Hoy como el oficial romano, pagano, al pie de la cruz hacemos acto de fe: “Este es el Hijo de Dios”. Muere Jesús pero, el Señor, presenta al hombre un horizonte lleno de vida y de esperanza. En la cruz, no yace Jesús, asistimos a la ruina de la muerte y al nacimiento de la resurrección. No existe un derrotado ni mucho menos. Nuestra fe, arraigada en Cristo, nos hace exclamar lo mismo que Jesús: “Verán al que traspasaron”


13ª ESTACIÓN: Jesús en los brazos de la Virgen María
En esta estación, aunque no lo dicen los evangelios, nuestra tradición cristiana ha querido poner a la Virgen con sus brazos abiertos estrechando el cuerpo de Jesús muerto por el sufrimiento, el dolor y la muerte. Son manos, las de la Virgen, las que permanecieron fieles y amorosas antes y después de que Jesús cerrará los ojos al mundo. Son manos, las de la Virgen las que agarrándose al madero por no poder fundirse con las de Cristo, se abrían hacia el cielo esperando respuestas; sin reproches pero esperando de Dios….la última palabra. Son manos, las de la Virgen, las que mirándose a sí mismas recordaban que 33 años atrás por primera vez se habían estremecido al acoger a un Niño que hoy, siendo joven, se ha ofrecido de nuevo y por amor en el pesebre de la cruz. Son manos, las de la Virgen, las que buscando el pecho de María saben que no pueden hacer otra cosa sino orar, guardar silencio y confiar en Aquel que, Jesús, antes de cerrar los ojos exclamó: “En tus manos Padre encomiendo mi espíritu”.

¿Ponemos nuestros proyectos e ilusiones en los brazos de la Virgen María?


14ª ESTACIÓN: Jesús es puesto en el sepulcro
Nuestra fe no está edificada ni cimentada en una sepultura. Más bien al contrario: es en el triunfo sobre la muerte, por la resurrección de Jesús, donde nuestra fe tiene el color de la esperanza y el brillo de la eternidad. Jesús nos dijo en más de una ocasión que, para vivir, hay que saber morir. Que si el grano de trigo no moría no podía dar fruto…..era totalmente infecundo. En cuántos momentos, cuando comprobamos que nuestros esfuerzos no son recompensados, nos echamos atrás por nuestro desazón o cansancio. El Señor, al descender a la noche oscura de la muerte, nos invita a no perder la esperanza. A esperarle cuando, de nuevo, se levante en vida por siempre y para siempre. Mientras tanto aquí estamos nosotros: somos los amigos de Jesús. Aguardamos su vuelta definitiva. Que nunca puedan más las dificultades que nuestra capacidad para hacerles frente con la luz y la fuerza de la fe.

¿Somos personas con esperanza? ¿Somos conscientes de que Dios recompensará nuestra siembra por un mundo mejor?


15ª ESTACIÓN: La Resurrección de Cristo
El final del vía crucis, lejos de abocar en el dolor y en la nada, vendrá marcado y coronado por la página más triunfante y brillante de Jesús: LA RESURRECCION.
Descansa, Señor; descansa unas horas. Para que, después de unas horas y al tercer día, sepamos descubrir que en el sepulcro vacío, está la verdad de todo lo que nos indicaste y recordaste estando con vida.
Descansa, Señor; descansa por unas horas. Y cuando las tinieblas parezcan tener la palabra definitiva, entonces Tú, Señor, saldrás victorioso del sepulcro para decirnos que la muerte ya sido vencida. Que nuestra vida, futura y eterna, viene por ti y contigo está asegurada.
Te bendecimos, Señor, más que nunca ahora....porque sabemos que estás vivo. Todos los que creemos y te acompañamos, daremos razón de tu existencia porque creemos que nos encontraremos en ese lugar donde apunta tu Resurrección en el primer día de la semana.

  
¡Gracias, Señor, por tanta vida!
¡Gracias, Señor, por el don de la fe!
¡Gracias, Señor, por tu pasión y tu entrega!
¡Gracias, Señor, por tu amor y tu perdón!
¡Gracias, Señor, por tu cruz y por tus palabras!
¡Gracias, Señor, por llevarnos a Dios!
¡Gracias, Señor, por tu transfusión de vida!
¡Gracias, Señor, por redimir a la humanidad caída!
¡Gracias, Señor, por tu salvación!